Xplorando

África… Un continente con historias que contar

By Henry Francisco

Esa mañana la ciudad estaba fría, como todas las mañanas de marzo y mi jefe después de yo estar en la calle con mi escalera en el hombro y subido en los postes de luz, me hizo la llamada. “Repórtese en la oficina ahora mismo”. ¿Qué habría yo hecho esta vez?.

Suspendí el resto la ruta y tome camino a la oficina donde me esperaban los jefes encorbatados y mirándome con cara de asombro.  “Necesitamos un favor suyo” ¿! Mío!? respondí: “digan ustedes”. “Que vayas a África a hacer un trabajo”. De inmediato respondí que si y todos se miraron con regocijo y alivio, pues yo era el único loco de la compañía que se atrevía a ir a un país africano con un conflicto bélico y a 22 horas de avión.

Así comenzó mi travesía a Costa Marfil, después de ponerme una vacuna para la Malaria, comprar unas pastillas para la fiebre amarilla y empacar ropa decente para parecer un “ingeniero en cable” (cosa que yo no era).El primer vuelo era a Francia donde después de pasar muchos sistemas de seguridad nos abordaba un avión que cruzaría al oeste de este maravilloso continente. La primera impresión fue ver desde el cielo el Estrecho de Gibrartal, luego la ciudad de Casablanca en Marruecos, pero lo más impresionante fue el desierto del Sahara, 6 horas y más de 7 millas de arena y soledad, donde los Sudsaharianos arriesgan sus vidas para llegar a Mauritania en un camión sobrecargado de seres humanos.

El aeropuerto parecía una casucha de vender mabí en el parque Enrriquillo (Rep. Dom), de inmediato un policía me pidió en francés que le diera el documento de “la sante” para revisar que yo me habría puesto la vacuna de la malaria y que tenia en mi poder las pastillitas rosadas de la Fiebre.

El calor era insoportable, y ya fuera del aeropuerto un grupo de niños pedían monedas para comer. Mi traductor me pidió que no sacara dinero porque vendrían como hormigas, pero yo a escondidas le di al más pequeño 5 dólares para que se los repartan. Vamos al grano, cuando yo imaginaba África, pensaba en leones y elefantes, pero en la ciudad portuaria de Adbiyan los edificios y las embajadas hacia del downtown una ciudad que nada tiene que envidiarle a las grandes del mundo.

El barrio de Cocodi nos esperaba con un chinatown y franceses que deambulaban en medio de los vehículos de la ONU que hacían sus recorridos por los cabareces en vez de cuidar a los ciudadanos.  La primera noche caí como un mango en el hotel, pero ya en la mañana los amigos africanos comenzaron a hacerme un itinerario de trabajo, desde visitar el “Stock Market” hasta una reunión con el vicepresidente del país. Costa Marfil es un país en desarrollo, la gente sale a luchar todos los días del mundo al punto que el mercado es intransitable, ya a las 6 de la tarde comienza un toque de queda y todos los 7 millones de ciudadanos de esta ciudad tienen que estar en sus casas.

La comida es, aunque usted no lo crea, arroz, habichuela, carne, “los marfileces”, como yo les llamo, comen aguacate, piña, pasteles en hoja y para ellos el ñame es lo que para los dominicanos es el plátano. Ya en la noche salir era un odisea, mi aspecto de Marroquí despertaba sospecha en los retenes de la ciudad. Al llegar a la discoteca del hotel Le Monde, me sorprendí de ver bailando salsa a las africanas a ritmo de Cuco Valoy y la orquesta Africando.

No hubiese venido tan lejos para encontrarme en África “voladoras” con “pitchers”,  una calle como la Duarte llena de mujeres de la buena vida, o que se juega quiniela y palé, que se beben su cervecita en los 150 kilómetros de playa que comparten con Ghana. Practican la religión musulmana y en cualquier esquina se ve a más de uno tendido en el piso rezándole a Ahlá.

Mi estadía fue divertida, peligrosa, un poco incomoda por la perdida total de mi dinero, el rechazo de una Belga en una plaza y la penosa situación del SIDA. Si te gustan las aventuras, quieres gastar mucho dinero, África es el sitio, pero nada de leones ni elefantes, acá el calor con registro de 110 grados a las 10 de la mañana te amansará como cachorro, y al llegar a casa tendrás que dormir por dos días para recuperarte. (Algún día les cuento de mi trabajo de “ingeniero”).

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